Cada cierto tiempo surge el debate sobre si el transporte público debería estar 100% subvencionado. A priori, parece una idea redonda: si el coste del billete baja hasta hacerse gratuito, aumentan los viajeros que utilizan el transporte público y, en consencuencia, se usa menos el coche.
Al haber menos viajes en automóvil, se reducen los índices de accidentabilidad, contaminación, ocupación de espacio… y calculando las externalidades positivas que ello conlleva, el beneficio para la sociedad superaría con creces el coste de una subvención total del transporte público.
Sin embargo, salvo algunas ciudades en la época soviética, actualmente ninguna capital europea cubre sus costes en transporte únicamente con cargo al presupuesto público.
Tallin, primera capital de Europa en regalar el transporte
Por este motivo, y coincidiendo con una nueva subida de tarifas en Madrid, ha causado revuelo la noticia de Tallin (Estonia) cuya administración ha decidido subvencionar el coste del billete a los residentes en la ciudad. La intención es captar nuevos viajeros para reducir a largo plazo el número de coches en el interior de la ciudad, ya que según afirma su alcalde, “los estudios muestran que son los coches los que más contaminan” (bueno, tampoco hacía falta un estudio para llegar a esta conclusión).
Captar nuevos viajeros es el principal problema de Madrid. Los últimos datos de 2012 afirman que estamos en niveles de uso propios del año 2003, cuando nuestra red de transporte era mucho más pequeña, sobre todo la del metro. Las últimas medidas disuasorias, como el recorte masivo de servicios, el cierre de vestíbulos y las sucesivas subidas de tarifas, no invitan a confiar en un incremento del número de usuarios.
Madrid y Tallin, dos polos opuestos
Pero siendo sensatos, es imposible establecer cualquier similitud entre Tallin y Madrid. Desde el número de habitantes (ocho veces mayor aquí) hasta la propia estructura de la red, siendo mucho más compleja la madrileña, y por tanto más cara de mantener. Por su composición, las grandes ciudades requieren una mayor presencia de modos ferroviarios (metro y tren) en relación a las pequeñas, lo que incrementa los costes de construcción y mantenimiento pese al mayor volumen de viajeros.
Aun así, la discreta red de transporte de Tallin apenas alcanza una tasa de cobertura* del 23%, muy por debajo del 38% de Madrid que tantas veces hemos criticado en ecomovilidad.net por considerarlo insuficiente. No en vano, a finales de los 90 nuestra tasa de cobertura superaba el 60%.
(*) Tasa de cobertura es el porcentaje de los costes de explotación que es financiado por las tarifas. El resto es cubierto mediante subvención pública u otros ingresos.
Se trata de un parámetro fundamental para determinar la eficiencia de un servicio de transporte. En Europa, este valor oscila entre el 40 y 50%
Con estos datos, queda claro que la iniciativa estonia tiene un coste no muy superior a lo que subvencionan actualmente, mientras que aplicarlo en Madrid supondría un desembolso descomunal: entre 650 y 700 millones de euros más, y eso solo para cubrir abonos y Metrobús.
Descapitalizar el transporte, una solución de doble filo
Pero dejando a un lado las comparaciones. Supongamos que, en una decisión insólita y seguramente electoral, se decidiese que todos los ciudadanos de la Comunidad tuviesen abono gratuito. Eso significa que todas las empresas operadoras quedarían descapitalizadas; dependerían exclusivamente de la subvención pública de la administración, quien debe hacer una apuesta firme, convencida y constante a favor del transporte público.
Si el billete es gratis, lo normal es que aumente el número de viajeros… pero, ¿qué mas da el número de viajeros, si no pagan? Da igual que viaje mucha o poca gente, pues el déficit va a ser siempre el mismo independientemente del número de viajeros. Entonces, ¿para qué invertir en mejorar la red, si ganar viajeros no reducirá el déficit? El servicio quedaría reducido al mínimo imprescindible para garantizar la movilidad básica, descartando cualquier inversión que mejore la calidad del servicio.
Mientras que en servicios públicos como la sanidad y en la educación un mayor uso supone un mayor coste, esta relación es inversa en el transporte público: cuantos más usuarios, menor es el déficit. Una subvención total como la de Tallín acaba con este principio básico de una red de transporte.
Un cambio modal inexistente
Tampoco es verificable que un transporte público gratuito reduzca de forma eficaz el uso del coche, especialmente si no se acompaña de medidas disuasorias de tráfico. Es probable que a corto plazo muchos conductores se pasen al autobús porque es gratis; un cambio en la demanda que reducirá la congestión y la falta de aparcamiento. Surgirán entonces viajeros que, al tener menos atascos y más sitio para aparcar, decidirán asumir el gasto del automóvil a cambio viajar más rápido y de forma más cómoda.
Llegaríamos a una nueva situación de equilibrio modal, donde muchos ciudadanos habrán cambiado de modo de transporte, pero el atasco seguiría ahí. No olvidemos que, en esta situación, al ayuntamiento le da igual lo atestados que vayan los autobuses, puesto que si pone más servicios los tendría que pagar íntegramente.
El confort del transporte público bajaría notablemente, pero los viajeros no pueden reclamar nada puesto que carecen de la relación contractual del servicio: el billete. Además, los estudios de uso indican que los usuarios que optan por el coche lo hacen por comodidad y rapidez, siendo pocos los que consideran que el transporte público les resulte más caro que el coche en coste neto.
Friburgo, el ejemplo inverso
La iniciativa de Tallin había sido muy celebrada por los grupos sociales que defienden el transporte público, puesto que no deja de ser una inversión valiente destinada a los modos sostenibles. Sin embargo, desde un enfoque técnico no parece eficaz.
Quizás en ecomovilidad.net hemos sido un poco aguafiestas, así que para completar el debate, queremos destacar a Friburgo como ciudad comprometida con la mejora de su movilidad. En esta ciudad alemana, cada actuación destinada en mejorar la oferta del transporte público se enfoca siempre para un aumento de la demanda, que reduzca el déficit unitario y total de la red. Todo un estímulo para la administración a la hora de aumentar servicios y mejorar la infraestructura y el material móvil.
La receta es clara: tarifas integradas y flexibles que acojan a todos los perfiles sociales, y una planificación de la red centrada en las necesidades del viajero y lejos de oportunismos políticos, más propios de estas medidas del “gratis total” que conducen al abandono y desprestigio del transporte público.
Artículo escrito gracias a la colaboración de Ricard Riol, presidente de PTP – Asociación para la Promoción del Transporte Público, y Antonio Rodríguez, editor y fotógrafo habitual en este blog.
Más información: C. Zamorano, J.M. Bigas y J. Sastre. Manual para la planificación, financiación e implantación de sistemas de transporte urbano (2004) Universidad Politécnica de Madrid / Consorcio de Transportes de Madrid




